La sirena y el hombre que vino del Este
“Las noches más amargas
son ésas en que te recuerdo,
te llamo,
y mi grito muere en mis entrañas.
Los días más felices son éstos
en que siento que tu fuerza brota en mí,
y creo que en algo me parezco a vos.
Tus manos pequeñas, como flores silvestres, suaves, perfumadas,
manteniendo vivo el fuego que en invierno nos cobija,
en el indisoluble fluir de tu sangre.
Los días vividos son tuyos,
las flores que no llevo a tu tumba.”
María Desiderio
El hombre que vino del Este
Observó el quieto, nostálgico y minúsculo laberinto de la oficina. Recordó la cara grave de su jefe, los días fastidiosos de cartón en su pequeño departamento, las noches sin amor, el desconsuelo a la orden, las mañanas insatisfechas.
La taza de café amargo de la amarga oficina. La cara de Borges mirándolo con descontento, apoyadas las manos sobre un negro bastón y un gesto acre, sobre su manuscrito.
Al cabo de un tiempo de romper piedras con los dientes, Alberto Romero se acordó del silencio verde de su pueblo.
Y sin más decidió volver.
Viajó por la ruta en su auto viejo, no tardó demasiado.
Llegó a la ciudad cuando la tarde comenzaba a acurrucarse para recibir la noche.
Al principio creyó ver la figura pequeña de su madre, pero, en las sombras del atardecer, se dio cuenta que las ramas grises lo habían engañado.
Caminó enmudecido bajo las viejas casuarinas el camino borroso, una vieja huella, pensando apenas, el paso sigiloso… Se acercó a la puerta de chapa, ya oxidada por el paso de los años. Golpeó con ansiedad.
Sintió algún ruido que venía de adentro, hasta que un anciano con las manos de madera, apareció terminándose de poner una camiseta.
El viejo lo miró sin mostrar emoción alguna. Él quiso hablar pero no pudo. Los cerrojos que aprisionaban su voz eran muy eficaces.
Agotados los intentos por conversar mientras comían, miró las telarañas que ganaban cada vez más territorio. El polvo se amontonaba en los rincones de la casa, junto con el abandono y los malos recuerdos. La siempre presente ausencia que tiñe las paredes y el piso, que posa sobre todos los objetos una fina película de disgusto, se paseaba por la casa como dueña y señora dejando un halo de tristeza y formando con su tenue presencia un nudo en la garganta.
Lo único que le preguntó su padre fue por cuánto tiempo se quedaría, y él le contestó que no lo sabía aún.
Durmió esa noche en su vieja cama y recordó con un dolor incalculable a su madre, ya muerta, dormida en una tumba solitaria, bajo un álamo agónico, demacrado. Le pareció de golpe escuchar su voz, sus pasos menudos atravesar la cocina, repasar con un trapo blanquísimo los platos de la cena, escuchó el suave paso de su mano por la mesa retirando las migas…
Se despertó a cada momento, con el viento golpeando la ventana herrumbrada, chillona como un gato atormentado.
Alberto se levantó a tomar agua, a orinar, a cerrar mejor la ventana, sobresaltado por todo tipo de ruidos…
Como a las ocho de la mañana se despertó tan cansado como si nunca se hubiera acostado. El padre había ido a buscar el pan, mientras tanto el puso la pava al fuego para tomar unos mates.
Después decidió dar un paseo¬- Gualeguaychú es como un indio dormido- pensó.
Se acercó al río y se dio cuenta que la orilla jugaban los mismos niños que hace veinte años vio jugar allí.
Caminó despacio por las calles de su infancia y sintió que su corazón era un niño aún, que empezó a galopar como un potrillo respirando el aire fresco e inundado de sol. El cielo era celeste, indiscutible, el mismo cielo, las flores, las brisas, los poemas y sus poetas. Aquellas laboriosas enredaderas y el aroma cargado de jazmines y magnolias mezclándose con el aire del río. La primavera recién empezaba y por un breve tiempo creyó que su vida comenzaba otra vez.
Sintió que la vida era un carrusel infectado de recuerdos y si lo permitía, esas evocaciones invadirían todo su ser hasta enfermarlo.
Sin darse cuenta, había recorrido varios recuerdos hasta llegar a la casa de su primera novia.
Sonaba en su memoria una guitarra, una con las cuerdas rebeldes de entonces. Se asomó y vio desde la vereda el antiguo patio, las rosas blancas de doña Emilse, el perro apoltronado sobre el pasto tibio…y una mujer robusta gritándole a unos niños que jugaban a la pelota.
Giró sobre la luz que emitía la gris pupila del niño menor y con el corazón vacío se dirigió de nuevo a su casa.
Como la caricia de una mano fría, la nostalgia se presentó junto a la vieja cadencia de las horas adolescentes y trajo la cara de aquellos amigos que habían tomado cada uno su rumbo. Los recordó uno a uno y pensó en ir a visitarlos.
Los días fueron pasando y él se fue acostumbrando lentamente al ritmo de las calles de su pueblo.
Visitó a sus amigos y se encontró con sus buenas y malas nuevas.
Gracias a ellos logró al fin un puesto de trabajo por medio del cual se podía sostener económicamente.
No era el trabajo ideal. Era necesario. Sólo eso. Apuntaba a encontrar algo mejor. No estaba en desacuerdo con el sueldo. Sólo necesitaba desarrollar su callado talento literario.
A pesar de sus mutuas diferencias, le gustaba compartir esos vagos momentos con el silencio eterno de su padre. Y decidió quedarse junto a él un tiempo más. Ya habría tiempo de encontrar otra vivienda. No solía visitar el cementerio. Todos los días algún evento breve, un aroma, una imagen le traía el rostro de su madre. Pero se reconfortaba con el dulce sonido de su voz y la imagen de su sonrisa nítida y entonces creía que el dolor había cesado. Así el tiempo fue pasando y en el transcurso de los meses se fue terminando de acostumbrar a su nueva vida. No pensaba casi en su ex –mujer. Sólo le dolían las expectativas que dejó encalladas a orillas de Buenos Aires.
En la chacra de los Vidal se escondía un secreto tenebroso. El macabro hallazgo ocurrió por accidente cuando en obras de reparación de la vieja casa, fueron a dar con un muerto, tan bien muerto estaba que ya el cuero se le había pegado a los huesos. Entre los ladrillos viejos de los viejos cimientos, apareció una mano flaca que hizo que se paralizara el corazón a Juan Carlos Vidal, el mayor de los tres Vidales. Como disponía de dos o tres días antes de que viniera el frigorífico a cargar los cerdos, se puso a trabajar con un ayudante, que le alcanzaba las herramientas. Lo hacía para distraerse y para no tener que escuchar la cantinela de su mujer otro año más, con que” esa pared se nos va a venir encima.”
Al principio no supo qué hacer. Se sentó sobre un tronco, en el patio. La tarde le llenaba de luz sus ojos verdes.
Su ayudante, anonadado, como es de esperar, se quedó parado mirándolo.
Marcelo Encinas se rascó el cuero cabelludo con sus manos sucias de cemento. Lo primero que pensó fue que se estaba quedando sin trabajo cuando recién empezaba, y gracias a un muerto.
En cambio el desconcierto de Juan Carlos se evidenciaba en su cara y no podía hilar un pensamiento coherente. Casi por instinto llamó a sus dos hermanos y mandó a Marcelo a su casa con el día libre.
Al rato nomás cayeron Vicente y Sebastián Vidal. Cada cual llegó con minutos de diferencia. El primero fue Sebastián, el menor, que al ver la cara blanquecina de su hermano mayor creyó que tenía un problema de salud.
Pero cuando Juan Carlos le mostró la novedad, se puso tan blanco como él. Simplemente no sabía qué pensar. ¿Qué secretos escondía la casa de su infancia? Vicente era de los tres el más serio. Era el hermano del medio, era el más centrado, el que mostraba siempre la cuota de madurez que debiera ostentar el mayor...
-¿Te acordás, Juan Carlos, de Alberto Romero? El que fue al colegio con vos.
-Sí. ¡Pero lo que yo quiero es saber qué hacer ahora con este cadáver!-Dijo al borde de la histeria.
-Bueno, lo vi en el pueblo hoy a la mañana. Nos saludamos. Y me preguntó por vos.
Seguramente la cara de impaciencia de su hermano lo apuró a decir:
-Él es periodista. Tal vez pueda ayudar.
Esto es algo muy serio y no confío en la policía. Esto de una manera u otra va a poner a la familia bajo sospecha.
-¡Pero qué decís! ¡Esta pared tiene por lo menos ochenta años! Además eso de que no confiás en la policía no lo puedo entender. El comisario Fernández es el padre de Federico.
-Ésa es una de las razones. Bueno, no discutamos esto ya más. ¿Vos Sebastián, qué opinás?
Mientras el aire el Gualeyán le despeinaba el flequillo, los miró con suma tranquilidad y les dijo:
Hay que avisar a la policía y averiguar quién era este tipo. Una vez que sepamos eso vamos a pedir ayuda al periodista para desentrañar este enredo y si hace falta, limpiar la memoria de alguien de la familia, es lo que vamos a hacer.
Los dos mayores se miraron sorprendidos y llamaron a la comisaría. Pidieron hablar con Fernández y éste los atendió con su natural cordialidad.
Cuando Vicente, con la voz un poco alterada, le contó lo del finado, el comisario casi se cae al tropezar con un cable de su oficina.
Lo que sigue es lo previsible, trámites, oficios, interminables y reiteradas declaraciones, actuaciones de los peritos forenses, médicos, fotógrafos, patólogos… Un ejército de profesionales a cargo de descubrir la identidad del occiso y las causas de su muerte.
Fueron a ver un abogado que les recomendó esperar a ver qué pasaba.
Pasaron varios meses. Alberto Romero se había encontrado varias veces con los Vidal. Se reunían en la chacra, bajo la sombra fresca de la mora. Mientras el verano daba sus últimos suspiros, miraban fotos y trataban de imaginar la casa en sus principios. Incluso tomaban medidas y hacía todo tipo de elucubraciones. Alberto tenía un cuaderno en donde anotaba los datos que iba recopilando en sus largas conversaciones.
El otoño los corrió de la mora y los llevó a la cocina de la vieja casa.
Además de lo que los ocupaba, hablaban de otras cosas, de la infancia, los recuerdos que compartían. Una sola vez le preguntaron a Alberto por Cecilia. Pero la mueca de frustración de éste los hizo callar.
A veces hablaban de la chacra y lo difícil que estaba para vivir del campo. Juan Carlos decía que si no la había vendido aún era porque consideraba esas diecisiete hectáreas parte de su familia. Su economía era por momentos muy precaria, lo salvaba el criadero de cerdos, ahora había emprendido el proyecto de la vid.-Porque con ella se bajaron del barco nuestros abuelos.
Pero es todo muy incierto.- Concluyó. Al menos una vez por semana se hacían tiempo para repasar la historia del muerto.
Corrían los primeros días del invierno cuando Vicente y Juan Carlos, mientras trabajaban con los chanchos recibieron la visita del comisario.
Venía a decirles las novedades del cuerpo forense. El tipo se llamaba Damián Arias. Lo habían asesinado de un tiro en la cabeza. Hacía veintiocho años, en el año mil novecientos ochenta.
En el año ochenta, Juan Carlos Vidal tenía quince años y su hermano menor, Vicente, trece.
Como ambos querían seguir estudiando, el padre, el finado Juan Vicente Vidal, les había conseguido pensión en lo de un pariente para que durante la semana no tuvieran que ir y venir, y que las inclemencias del tiempo de invierno no les hicieran perder días de clase. Así que de lunes a viernes se quedaban en el pueblo y los fines de semana se iban paran la chacra.
A la madre de ambos no le gustaba mucho la idea, pero sabía que era la mejor solución. Por supuesto que se acordaban de Damián Arias. Era un peón que su padre tuvo que emplear para hacer los trabajos de construcción del criadero de cerdos. El antiguo, el primero y más precario. Apareció un día, nadie sabía de dónde, pidió trabajo en lo de un vecino, que quedó conforme y se lo recomendó a don Vidal.
La madre de Juan y Vicente era una mujer joven, bastante más joven que su esposo. Trabajaba a la par de éste para sacar adelante el trabajo. No le importaba hacer fuerza con algún animal o tener que ir al pueblo a entregar los pedidos de verduras o huevos.
El criadero de cerdos no tardó mucho en terminarse. Pero como siempre se necesitaba alguien que dé una mano, Damián se fue quedando, trabajando ya con ellos, ya con algún vecino que lo llamaba para alguna tarea.
El menor de los tres hermanos no lo recordaba. Él había nacido en el ochenta y uno. Era el único de los tres que no trabajaba la chacra. Los dos mayores hacían todo, el trabajo pesado y la administración. Él, tal vez por ser el menor era el consentido de la madre, el que más lloró su pérdida. Cuando ella murió, él se encontraba en Buenos Aires comenzando su carrera de médico.
Los dos mayores recordaban que la muerte sorprendió a su madre una noche de noviembre, tres años después de que don Vidal se encontrara cara a cara con un infarto.
Ahora, ella, se iba junto con la primavera llevándose consigo el secreto mejor guardado del Gualeyán y sus alrededores. Como si una puerta se abriera en sus mentes los dos hermanos mayores comenzaron a recordar eventos que creían haber olvidado. Nombres que se susurraban en sus mentes aparecían con sus correspondientes rostros y de a poco las historias se comenzaron a tejer con sus hilos de recuerdos.
Hasta Alberto Romero tenía recuerdos de algunos de los personajes que comenzaron a nombrarse, casi treinta años después. Un domingo por la tarde los cuatro se reunieron después del almuerzo a tratar de armar el rompecabezas que significaba aquella trama.
Sebastián tardó un poco en llegar. Ese lunes viajaba a Buenos Aires a terminar algunos trámites en la Facultad de Medicina, iba a encontrarse con su novia y a tener con ella una conversación que definiera de una vez por todas su relación. Antes de ir a la chacra se desvió para sentarse un rato a orillas del arroyo junto al que se crió y con quien lloró todas sus pérdidas.
Apesadumbrado por todas aquellas preguntas que no se podía responder caminó lentamente hacia su auto y se dirigió al encuentro de los demás que lo esperaban.
Una vez todos reunidos comenzaron a relatar los hechos.
¿En qué momento dejaron de ver al finado? Era uno de los interrogantes. Vicente dijo que uno de los fines de semana que llegaron a la chacra, el viejo, Juan Vicente le decía a su madre que le iba a decir al Arias ése que no lo quería ver más por su casa.
El que preguntaba era Alberto.
-¿Se acuerdan si ocurrió algo más para ésa época?
-Bueno, no .Sólo que mamá andaba muy nerviosa y siempre descompuesta. Ya estaba esperando a Sebastián-.Dijo Juan Carlos.
-El que lo mató hizo un hueco en la pared y lo escondió en un lugar donde pensó, y con razón, que nadie lo encontraría, al menos por mucho tiempo. Pero nada de esto se pudo haber hecho sin el conocimiento de los que habitaban esta casa en aquella época.
-Es cierto-.Asintieron.
-Mamá me contó que cuando yo nací papá hizo un viaje y por eso no me conoció hasta que cumplí los cuatro meses. ¿Adónde fue?-. -Supuestamente se fue a Concepción del Uruguay, por negocios. Me acuerdo que cuando volvió estaba enfermo. Muy flaco. Después de eso no volvió a ser el mismo. Mientras hablaba, Vicente veía el rostro demacrado de su padre.
-Sí. Desde esa época tuvo que emplear siempre alguien que los ayudara y cuando yo terminé la secundaria decidí venirme a trabajar con él, porque me daba cuenta que me necesitaba-.Comentó Juan Carlos con la voz llena de nostalgia.
-¿Y si hablamos con el comisario? Tal vez él nos pueda dar algún tipo de información-.preguntó entusiasmado Sebastián -Ni siquiera estaba en Gualeguaychú para esa época. Además, en ese momento debe haber tenido… ¿diez años?-dijo Alberto -No, ya lo sé, pero tal vez tenga algún conocido, o nos pueda dar algún dato más-contestó pausadamente.
-Por ahora no me gustaría que ese fulano se entrometiera en cosas de la familia.- -Mirá Vicente, no puedo explicarme cómo es que tenés tanto problema con Fernández. Las familias se conocen hace ya mucho tiempo-expresó su molestia Juan Carlos.
- Vicente enmudeció al principio, pero después comenzó a hablar con la voz entrecortada.
En aquellos días él era el menor, su madre esperaba el tercer hijo y su hermano mayor parecía más inmaduro que el resto de los muchachos de su edad. Aún así, estaba todo el tiempo pendiente de su madre y se preocupaba porque no había tenido un buen embarazo y él, en su corazón, temía que algo malo le ocurriera a ella o a su hermano. Su padre veía que Vicente era más serio, más reservado y tal vez más razonador. Por eso una tarde lo invitó a tomar mate. En la cocina ambos se quedaron a conversar hasta la noche.
Juan Vicente comenzó a decirle a su hijo lo difícil que se había puesto la cosa desde que el gobierno estaba en manos de los militares.
A Vicente estas palabras no le significaban nada. Pero escuchó a su padre con mucha atención, porque intuía que esas cosas iban a tener gran importancia para ellos. Recordó que le decía que estando tan cerca de la frontera, cualquier cosa podría ocurrir.
Los opositores al gobierno militar usaban la ruta que pasaba a pocos kilómetros de su casa, tal vez dos o tres, con la esperanza de llegar a Brasil.
El padre encendió un cigarrillo, y dijo las palabras que una y otra vez resonaban en la memoria del muchacho, ahora hombre:
-Como el infeliz de Arias, que lo encontró el Quito Musé, cerca de la orilla‘el río, abajo’el puente. Estaba desmayado y medio desnudo. Uno que ha sido toda la vida devoto‘e la Virgen no iba a dejar al pobre tipo tirado y medio muerto. El Quito me contó lo ocurrido y como pudimos lo curamos y le dimos d e comer.
A los pocos días, en la chacra del Quito aparecieron los milicos preguntando por un preso que se les había escapado. Cuando escuchó los perros, Quito metió al joven en un tanque australiano y le recomendó rezarle a la Virgen de Luján.
-Por suerte los milicos le creyeron al Quito y se fueron. No volvieron a molestar. Arias ya está mejor y debe irse, porque no podemos resistir esta situación.
Hace unos días estuvo aquí en la chacra, el Luis Fernández, trabaja en la comisaría tercera. Me vino a decir que tenga cuidado porque andan tipos peligrosos, unos guerrilleros que se escaparon del Uruguay, y que saben que andan por acá por la zona. Me dijo que cualquier cosa le avise. Vicente con los ojos llenos de bronca recordó que le preguntó a su padre con toda su inocencia a flor de piel, si no era mejor avisar a la policía, porque si Arias era subversivo tal vez…
Con una mano en el hombro de su hijo y la voz más cálida que jamás escuchó le respondió.
-Hijo, un hombre es lo que hace. Yo estoy seguro de que es inocente. Lo único que te pido es que no tengas miedo, y que pase lo que pase no te asustes.
El siguiente fin de semana, volvieron a la chacra y el hombre ya no estaba. Según palabras de su madre, se había ido a Concepción del Uruguay a comprar unos cerdos.
Damián Arias estaba parado junto a la vieja yegua, ambos junto a la noria. Se acercó a Vicente y le dijo algo al oído. Después de treinta años aún no comprendía esas palabras.
-¿Qué te dijo? Interrumpió Juan Carlos. -Bueno, me dijo algo así como que “la sangre me trajo hasta tu casa.” Y también que…, no sé, no me acuerdo bien, pero me miró fijo y me dijo:
- Hasta siempre.
A Alberto lo asfixiaba de vez en cuando la marea de las madrugadas sin resolver. Entre tanto ajetreo, se olvidó de su rutina y comenzó a sentirle el gusto dulce de las tardes de mates y gaviotas de río. Todas aquellas imprecisiones de la historia de sus amigos, lo desvelaban a veces, pensando cómo se resolverían y si algún día se habría de correr el velo que cubría esa historia sin contar.
Apareció como un hechizo.
Su padre, regando las rosas y los geranios. No sabía porqué no se le había ocurrido en todo ese tiempo preguntarle a él por el caso que investigaba.
-¿Conociste a Juan Vicente Vidal?
-¿Cómo no lo voy a conocer?
-¿Y a la mujer? ¿Cómo se llamaba?
Mirándolo con un poco de desconcierto:
-Pero, ¿Cómo no voy a conocerla? ¡Si era mi prima! Se llamaba Elena Arias, era hija de una prima mía y del Lito Arias.
-No te puedo creer…
-Sí. El Lito Arias sabía tener un hijo por aquí y otro por allá. Eso sí, a todos les daba el apellido.
-O sea que Juan Vicente, cuando encontró al supuesto escapado del Uruguay, encontró a su cuñado.
-¿Vos me estás hablando de ese mozo que trabajó un tiempo con ellos en la chacra? ¿El que encontró el Quito Musé cerca del puente‘el Gualeyán?
-Sí-respondió sorprendido.
-Una noche en el bar Cachito, el Quito le contó a un hermano de Elena, a mi primo Víctor Manuel, la historia completa del muchacho aquél. No sé si será cierto… -Dijo quitando las hojas secas de la enredadera.-Víctor Manuel era un macaneador de primera. -Me gustaría que me cuentes esa historia. -Bueno, pero vamos pa’ adentro porque me quiero sentar un rato.
-Dicen que Lito Arias, el abuelo de tus amigos, era un viejo borrachín y jugador. Le gustaba la caña y apostar a los caballos. Pero cuando estaba fresco y lejos de los burros, bien empilchado y limpio, era un verdadero galán. Mi prima, la madre de la finada Elena, se llamaba Petrona Romero. La pobre Petrona se enamoró perdidamente del Lito, se llamaba Víctor Eusebio Arias, tuvieron dos hijos, la Elena y el Víctor Manuel.
Cuando Elena se casó con Juan Vicente, los padres no estuvieron muy de acuerdo, pero el finado era muy trabajador y tenía un pedazo de tierra. Por eso creyeron que a la hija no le iba a faltar nada. Tuvieron una vida tranquila, pasaron algunos problemas de plata, pero nunca les faltó de comer y pudieron criar a sus hijos sin demasiadas privaciones.
Parece que en una de sus andanzas el viejo, que ya era bastante viejo, Lito Arias, se fue para el Uruguay y allí dejó embarazada una muchacha. El Lito lo reconoció pero nunca sus hijos conocieron a su hermano, que era mucho menor que ellos.
-¿Elena murió sin saber que Damián era su hermano? ¿No sospechó un parentesco al tener el mismo apellido?
-No, porque al decir el mozo que era del Uruguay, a nadie se le ocurrió...
… pensar que eran hermanos. Pero Víctor Manuel sí sabía.
-Víctor Manuel en ese entonces andaba “juido”, porque había estado reuniéndose con los del sindicato, en la casa de uno de los Arocena.
-Ah… estaba la dictadura.
-Sí. Era una época difícil. Allá debajo de aquel manzano tu abuelo escondió un rifle de caza porque tenía miedo que los policías lo encontraran y se lo llevaran al calabozo. -¿Cómo se enteró Víctor Manuel de toda la historia, entonces?
- No sé bien, cómo. Creo que estuvo en el sur con alguien que andaba en la misma que él y le contó. Y después terminó de armar el rompecabezas con el Quito, esa noche en el bar. La cosa fue que ése que encontraron cerca del puente, tenía unos veinte, veintiún años y dicen que ese escapó para Gualeguaychú desde el Uruguay porque estaba involucrado con un grupo político de allá. Aquí consiguió trabajo, pero por poco tiempo, porque no tenía documentos. Como no podía trabajar en otra cosa parece que se dedicó a trabajar de peón en las chacras. Parece que la sangre del viejo Lito la había heredado toda este muchacho, porque lo primero que hizo cuando llegó a la chacra de los vascos Iturbide, fue enamorar a la hija menor del vasco. La vasquita era la más linda de las cuatro hermanas, y el vasco viejo se enloqueció de asco cuando se enteró.
Así que le dio una terrible paliza y lo dejó tirado en la costa ‘el Gualeyán, por no darle muerte.
Esa misma tarde andaba el Quito buscando una ternera que se le había escapado y cuando volvió a la casa, volvió con ternera y mozo.
Por esos días llegaron rumores de que andaban unos guerrilleros que se habían fugado del Uruguay, y creo que todos pensamos que ese muchacho tenía algo que ver.
-¿Vos lo conociste?
-No, pero me fui enterando de algunas cosas, por el ruso Jacobo, que en ésa época nos traía la leche.
-¿Vos sabés quién lo mató y lo enterró en lo de los Vidal?
-No, yo no sé, yo sólo te cuento lo que otros me han contado. Dicen que el viejo Luis Fernández, era tío del comisario que intervino ahora, cuando encontraron el cuerpo, se quería anotar unos porotos con el jefe del regimiento. Por eso le fue con el cuento al Coronel Domínguez de que en la chacra de Vidal albergaban un subversivo. Parece que para quedar todavía mejor, y cumplir las órdenes al pie de la letra, Fernández ejecutó al muchacho y aprovechando que no había nadie en la chacra, tuvo tiempo de sobra para romper la pared y enterrar al infeliz.
Algo de cierto debe haber, porque después de eso, Fernández se casó con la hija del coronel, doña María del Rosario
-¿Cómo se enteró que Damián estaba con ellos?
-Cualquiera pudo haber sido. Había mucha gente temerosa, y muchos buchones que buscaban el favor de la policía. Yo no sé cómo zafó el Quito, creo que como tenía un hermano cura…
-¿Nadie se dió cuenta de la pared rota? - Volvieron a poner los ladrillos y después colocaron un poco de tierra, tapando el hueco que estaba cerca de los cimientos. Además la familia se sentía muy amenazada. El pobre Juan Vicente estuvo preso en Concepción del Uruguay y Elena estaba aterrorizada. Nadie se animó a decir nada.
-¿Porqué no había nadie en la chacra?
- Bueno, ya te dije, a Juan Vicente, seguramente por obra y gracia de Luis Fernández lo tuvieron secuestrado en Concepción del Uruguay. Los dos mozos estaban en lo de una tía y la Elena vino al pueblo a tener a Sebastián, que para colmo nació con problemas en los pulmones. Creo. Estuvieron como tres meses, o más, sin ir a la chacra, el Quito les cuidó la casa de los ladrones. Pero habían pasado tantas cosas que seguramente nadie reparó en el cambio que hubo con poco de tierra o escombro contra una pared, y seguramente ya había crecido pasto, o alguna enredadera. No sé, pero pienso que Juan empezó a sufrir del corazón después de todo lo que pasó. Pero era un hombre muy honesto, un buen hombre, de ley. Me juego entero a que él nunca supo lo del cadáver en su casa.
-¿Nadie preguntó por Damián?
-Seguramente alguien en algún lugar lo buscaría. Pero desapareció de un día para otro y nadie se sorprendió. Habrán pensado que se volvió al Uruguay. Ajá. Eso no lo vamos a poder saber nunca.
-¿Cómo supiste que Juan Vicente fue detenido?
-El Jacobo Eschafer, un día trajo la leche y contó que había visto, cuando fue a buscar sus vacas cerca de la ruta, que la policía iba para lo de Vidal, por curiosidad se quedó mirando y vio cuando se llevaban al Vicente. El tuvo miedo de hablar, todos vivíamos con miedo. No sé si te acordás de la hija de…( Señalando en dirección a su casa)
-…Mireya.
-Sí.
Pasada la tarde, con la noche esparciendo sus primeras sombras, Alberto Romero se dio cuenta que a su anotador se le habían terminado las hojas. Que los mates que tomó con su padre estaban llenos de historias y tenían un sabor agridulce y a pesar de todo era maravilloso ser parte de esa nostalgia. Se terminó también el agua de la vieja pava… y el silencio gris de tantos años. A pesar de que no sabía si había encontrado a ciencia cierta la verdad sobre la historia de los Vidal, se entusiasmó de nuevo y con todos aquellas anotaciones comenzó a escribir su novela, que empezaba diciendo:
“En la garganta verde de un arroyo sin tiempo, un día, un paisano de las chacras se encontró con un hombre que venía del Este. Herido, medio muerto, casi desnudo, que con un hilo de voz dijo llamarse Damián…”
Por Minesdu